El Derecho ante la Eternidad: Lecciones Jurídicas de “El Mortal Inmortal” de Mary Shelley
En 1833, Mary Shelley publicó un relato que, a la sombra de su monumental Frankenstein, planteaba una pregunta angustiante: ¿Qué sucede cuando un hombre rompe el contrato natural con la muerte? El Mortal Inmortal nos presenta a Winzy, un joven que, por un error nacido de los celos y el amor, bebe el elixir de la larga vida de su maestro Cornelius Agrippa. A través de sus trescientos veintitrés años de existencia, Shelley no solo nos regala una pieza de terror psicológico, sino un tratado involuntario sobre la importancia de la finitud en el ordenamiento jurídico.
1. El Sujeto de Derecho y la Caducidad
El Derecho está diseñado para seres finitos. Toda nuestra arquitectura legal —desde el Derecho de Sucesiones hasta los contratos de seguros— presupone que la vida humana tiene un término.
Winzy se convierte en un “anómalo jurídico”. Al no morir, las instituciones que dan orden a la sociedad pierden sentido para él:
Sucesiones: ¿Cómo se hereda de alguien que no fallece? La acumulación de riqueza en un solo individuo durante siglos rompería el principio de circulación de bienes.
Identidad: Winzy debe huir y cambiar de nombre. Para el Derecho, la identidad es estática; para el inmortal, la identidad es una condena que le obliga al fraude constante para no ser perseguido como “hechicero”.
2. El Matrimonio y el Concepto de “Para Siempre”
Uno de los puntos más desgarradores del relato es el matrimonio de Winzy con Bertha. Shelley nos muestra la tragedia de un contrato que se vuelve asimétrico: ella envejece mientras él permanece en los veinte años.
Desde la perspectiva legal, el matrimonio tradicionalmente se entiende “hasta que la muerte los separe”. En el relato, la muerte separa a los cónyuges no solo físicamente, sino existencialmente. La desigualdad biológica genera una violencia psicológica que el Derecho difícilmente puede regular. Los celos de Bertha y la “máscara” que ella debe usar para igualar a su marido son metáforas de la imposibilidad de mantener pactos civiles cuando las leyes de la naturaleza han sido subvertidas.
3. El Derecho Penal y la Pena Perpetua
Winzy describe su vida como una “aburrida pesadilla”. Aquí, Shelley toca un punto que los penalistas modernos debaten con frecuencia: la proporcionalidad de la pena.
Si un hombre no puede morir, ¿qué significa una “cadena perpetua”? Para un mortal, es una pena de algunas décadas; para Winzy, es un tormento infinito. El relato nos sugiere que la muerte es, paradójicamente, una garantía de libertad: es el límite final que impide que cualquier poder o sufrimiento sea eterno.
4. El “Derecho a Morir” y la Dignidad
Al final del relato, Winzy busca una expedición suicida. Su “alma sedienta de libertad” quiere romper la “prisión carnal”.
Jurídicamente, esto nos sitúa en el debate de la autonomía de la voluntad. Si la vida se convierte en una carga insoportable, ¿tiene el individuo derecho a “esparcir sus átomos” para liberarse? Shelley anticipa el debate sobre la eutanasia y el valor de la vida: una vida sin fin no es necesariamente una vida digna; puede ser, como dice el protagonista, un “erial inmenso”.
Conclusión: La Muerte como Norma Fundamental
El relato de Mary Shelley nos recuerda que el Derecho no es solo un conjunto de leyes escritas, sino un sistema basado en la vulnerabilidad humana. Las leyes existen porque somos frágiles, porque envejecemos y porque necesitamos protección frente al tiempo limitado que tenemos.
Sin la muerte, el Derecho se desmorona. Winzy no es un superhombre; es un paria legal, un ser que ya no pertenece a la “comunidad de los mortales” y que, por lo tanto, queda fuera del amparo de la justicia humana.